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martes, noviembre 25, 2025

Don José Ignacio Dallo según el Rvdo. Jesús Calvo Pérez


Hemeroteca

Hemos recibido de la asociación El Criterio el siguiente enlace, que hacemos extensivo a nuestros amigos:

https://www.elcriterio.es/2025/08/27/muy-ilustre-y-rvdo-don-jose-ignacio-dallo/

Con su permiso recogemos el artículo de nuestro interés. 

Muy Ilustre y Rvdo. Don José Ignacio Dallo

Doctor - Confesor - Apologeta


No podía faltar el testimonio clarividente, agradecido y elogiosamente elocuente de un sacerdote íntimo amigo de don José Ignacio Dallo, personalidad relevante en la pastoral católica, pedagógica, periodística y difusora de la eterna doctrina salvífica, seguidor de quien es “el Camino, la Verdad y la Vida” del Dios Uno y Trino, humanizado en la figura de Cristo, Nuestro Señor, con su fundación de la revista “Siempre P´Alante”, por la Unidad Católica de España.

Don José Ignacio, recientemente fallecido a sus 90 años; como doctor (en la fe sobrenatural), fue Catedrático de Lengua y Literatura en el Instituto Ximénez de Rada y Jefe del Departamento de Lengua, uniendo su docencia con la difusión valiente de la doctrina revelada y fiel a su sagrado deber sacerdotal, doctor en lo humano y lo divino.

Como confesor, pasó por los sufrires de los picotazos de una jerarquía clerical cobarde, convertida al pilatismo cómodo y traidora en la contemporización con los modernismos vaticanistas, liberales y protestantizantes ya anunciados en el Tercer Secreto de Fátima.

Su valiente denuncia ante la nulidad de las absoluciones colectivas, anatematizó la práctica comodona y desvinculada del servicio a las almas en la dirección espiritual de la correcta conciencia moral del sacramento de la penitencia.

Don José Ignacio fue tan fiel, recio y firme en su misión sacerdotal, como digno de encarnar el etimológico concepto de San Fermín.

No llegó al martirio -como el santo pamplonés-, pero sí pasó por el sufrimiento del confesor saeteado por sus propios jerarcas, que le impidieron llegar a Obispo -como el santo pamplonés-, quedándose en Canónigo… depuesto.

Como apologeta, líder de la fidelidad al dogma, enamorado de Jesucristo, su Iglesia y la Virgen del Pilar, amando la verdad y la justicia.

Y es que la Verdad es Una (en pura filosofía aristotélica) tiene que ser Buena y Bella (en pura filosofía escolástica).

Don José Ignacio atacó los desvaríos doctrinales ante las tibiezas disciplinarias y las complicidades por comisión u omisión, contra los males que hoy nos denigran como sociedad supuestamente perfecta, en la que nunca con tantos medios, ha demostrado ser tan inútil.

Como apologeta, su muro doctrinal fue la realización de las Jornadas para la Reconquista de la Unidad Católica de España, impulsoras del combate ideológico contra los enemigos de Dios, de las Patrias y en concreto de España; ya iniciadas en mayo de 1989, en memoria del III Concilio de Toledo del 8 de mayo del 589, que forjó la catolicidad española, tras la consabida unión de la comunidad hispano-romana con la hispania visigótica, bajo la conversión de Recadero, abjurando de su arrianismo.

Lo esencial de estas Jornadas se puede resumir en la relevancia del amor a Dios sobre todas las cosas, base de todo otro mandamiento. Debatir posibles temas que aclaren la pureza de la doctrina católica y aplicación de esa doctrina tradicional e inmarcesible a los tiempos actuales, con plena fidelidad. Hasta la fecha, se han celebrado ya XXXV ediciones.


Don José Ignacio estuvo devorado por “el celo de la casa del Señor”, en estos revueltos tiempos en que el dogma católico, como todo dogma, molesta, se relativiza, se discute o se niega teórica o prácticamente, volatilizando las convicciones más fundamentales del ser humano, llamado nada menos que a la trascendencia de lo eterno, como hijo adoptivo del Padre, que nos invita a la religiosidad constante de nuestra unión con Él, en el trato confiado de hijos leales y agradecidos a las gratuidades, dones y misericordias amorosas de quien es principio y fin de todo lo creado y objeto del primero de todos los amores imaginables entre las sabias jerarquías existentes.

Tuvo el carisma providencial para la defensa del bien luminoso, fortaleciente, esperanzador y glorificante de la Iglesia, la única que merece el título absoluto de religión (en singular), pues el plural (religiones), solo son credos filosóficos o mitológicos de la imaginación humana, ignorante de la revelación divina y por ello, falsas religiones, apostasías, intentos incluso bien intencionados de cumplir con esos deberes intuitivamente naturales de conectar con ese deber soberano, que el hambre espiritual del humano supone como existente.

Me falta comentar tanto sobre este discípulo eximio de Cristo, que le dedicaré otro artículo más personalmente emotivo y doctrinal en su semblanza ejemplarizante.

Don José Ignacio fue el varón prudente que “edificó su casa sobre roca”, y nos contagia con su don de la sabiduría, seguida del entendimiento que lleva al buen consejo, a la ciencia del santo temor de Dios en la piedad unitiva con la bienaventuranza de lo eterno, porque lo verdadero es eternamente nuevo.

¡“Réquiem eternam, dona ei domine, et lux perpetua luceat ei”!

Jesús Calvo Pérez

Párroco de Villamuñio, León



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