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sábado, noviembre 01, 2025

Buen samaritano y pastor, don José Ignacio Dallo

Agradecimiento

Gozamos por tener entre nosotros a aquel buen samaritano que se encontró con unos catequistas y fieles vapuleados en su conciencia católica por el engaño público de las absoluciones colectivas. Entender cómo las falsas absoluciones amenazaban como la peste, exige retrotraerse en el tiempo, siempre con verdad y respeto. Hoy nuestro marco parece diferente, aunque los males en ciertos lugares se han radicalizado. ¿Qué haríamos si tales “absoluciones” u otros graves errores surgieran de nuevo entre nosotros?

Ocurrió cuando en 1979, hace casi medio siglo, el Sr. arzobispo de Pamplona, Mons. Cirarda, tuvo un gravísimo problema con las absoluciones colectivas en la parroquia de Santiago Apóstol (Chantrea). La versión que éste da sobre lo ocurrido en sus Memorias (2011), queda refutada con todo detalle por don José Ignacio Dallo Larequi como testigo en el quincenal católico navarro “Siempre P’alante”, también por su reciente testimonio oral, por otras firmas,  y por el artículo de José Luis Díez Jiménez: “Un sacerdote mártir por defender el Sacramento de la Penitencia” (El  Español digital, Infovaticana, Tradición Viva 15/05/2021). En “El Pensamiento Navarro” aparecieron estos y otros aspectos.

Don José Ignacio fue buen pastor cuando repetía las orientaciones pontificias -doctrina y praxis universal- sobre la confesión y absolución individual. También conocía la ruina del seminario de Pamplona y de las vocaciones sacerdotales, la crisis teológica, y la politización de parte del clero navarro. Los autotitulados “progresistas” de la Asamblea Conjunta en 1971, y los de la “acción profética”, presionaban con el viejo modernismo religioso, sumando a él la “teología de la Liberación”.  

Don José Ignacio, brillantísimo en sus estudios, fue el nº 1 en las oposiciones a Catedrático de Instituto en toda España, y recibió el Premio Nacional. Estaba siempre al día, en contacto con sus alumnos y familias del Instituto público Ximénez de Rada del que era catedrático de Lengua y Literatura, y con una variedad de compañeros de claustro. Con todos se llevaba estupendamente, y era muy querido. No se encerró en su torre de marfil, ni necesitó protagonismo. Su carrera docente llegó al cenit. Su cátedra también servía para evangelizar, que la literatura da mucho de sí. Estuvo siempre al día, como lo muestra su enorme archivo de hemeroteca y correspondencia. No fue un lobo solitario. Había ayudado al párroco de San Francisco Javier don José Manuel Pascual Hermoso de Mendoza, a la vez que ejercía de catedrático. Sobre todo fue un sacerdote de a pie en la arena pastoral, que pudo ejercer como diremos con libertad.  

¿Cómo actuó nuestro buen samaritano ante las absoluciones colectivas, problema público eclesial? Lo público interpelaba a todos: él no miró a otro lado ni permaneció ocioso. Sirvió a los fieles, a petición de los tres catequistas implicados de la parroquia de Santiago de Pamplona (Chantrea), y el buen sacerdote García Navarlaz. Estos tenían un nivel muy alto, leían L’Osservatore Romano, y conocían las indicaciones de la Iglesia sobre la confesión sacramental y la situación pastoral. Advertido de lo que estaba ocurriendo y podía ocurrir, y lejos de purismos paralizadores, don José Ignacio tenía que enterarse de primera mano y no podía dejarles solos. Superó la comodidad. Su celo pastoral respondió a la llamada, que le llevó a dicha parroquia, aunque ello conllevase la necesidad de recordar la buena doctrina y praxis. Estuvo donde y cuando se desarrollaron los hechos, aunque de forma diferente a como dicen las Memorias de Mons. Cirarda. Fue a modo del buen samaritano que pasaba por ahí. Lo más triste fue ser testigo del error magisterial -sólo lo diré una vez- del Sr. Obispo delante de los fieles parroquianos, apoyando las “absoluciones colectivas” del Sr. párroco. Esto es clave, pues si uno se encuentra en medio del encierro de Pamplona, es imposible no tomar posición y estar pasivo. No se escondió, no se escudó en una supuesta falta de jurisdicción. Con fortaleza cristiana, presencia de ánimo, y libertad, informó del yerro al interesado –no como éste dice-, quien actuó desabrida y autoritariamente. Como testigo, sin dejar pasar el momento clave, el Rvdo. P. Dallo se acogió a la verdad, como agente superó el miedo escénico y sufrió el poder del báculo del pastor que le amenazó con la suspensión a divinis, y no confundió la obediencia con lo que no es, ni la prudencia –de la carne- con el “no te metas”, el “qué va contigo”, “no es tu caso”, “doctores tiene la Santa Iglesia”.

A nadie más le fue dado hacer lo que Don José Ignacio hizo. Algunos quizás porque no estaban insertos plenamente en la vida diocesana, tenían sus propias obediencias, necesitaban protegerse a sí mismos, y el “no estamos para eso”. Otros no se arriesgaron a sufrir bullying, a estancar su futuro, a perder destino y salario… que primero hay que vivir. Él superó la comodidad, el cálculo de amistades, el “dejar hacer”, el “no te señales”, el mantener los encargos y prestigios eclesiales, y cuidar el propio cursus honorum. Mientras otros celebraban elevados Congresos eclesiológicos de qué hacer ante casos así, no ayudaron al hermano en apuros. Fue la única persona libre de veras de su entorno por ser catedrático con sueldo del Estado y no tener intermediarios entre el Sr. Obispo y él.

Estuvo donde le reclamaron unos fieles, por celo hacia la verdad y bien de las almas. Yendo sencillamente al lugar de los hechos y actuar con mesura en el “ahora es el momento”, sin ser un mero funcionario, fue un adelantado ante el penoso tema de la arbitrariedad y autoritarismo vivido en la Iglesia, que comenzó en “provincias” antes de hacerse universal durante los últimos doce años.

Las voces proféticas callaron porque no iban en la dirección de nuestro perseguido. ¡Qué diferencia su caso con el trato que recibían Equiza, Lezáun, Floristán… que decían barbaridades, o ciertos párrocos…!.  Fiel, en la fidelidad estuvo su felicidad -y sus muchos amigos-, y ésta le alimentó cuando veía con dolor quiénes fallaban. Ahora, ante la grandeza absoluta de Dios y desde la soledad absoluta del hombre, nos anonadamos y sobrecogemos, y nos preguntamos: ¿qué he hecho y he sabido perder, Señor, para ganarte a Ti? ¡Perdónanos, Señor!

José Fermín Garralda 

Este artículo fue publicado en "Siempre P'alante" nº 43 (1-VII-2025), pocos días antes del fallecimiento del Rvdo. don José Ignacio Dallo. 

 



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