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El sacerdote
Rvdo. e Ilmo. Don José Ignacio
Dallo Larequi
ha fallecido cristianamente
tras una penosa enfermedad a los 90 años de edad en la Residencia Sacerdotal el
Buen Pastor, dependiente de la Diócesis de Pamplona-Tudela, a las 22:30 del 9
de julio.
Conducción al cementerio de
San José (Berichitos) de Pamplona, el viernes día 11 a las 11:30 desde el
Tanatorio Irache de Pamplona.
Funeral, viernes día 11, a las
7 de la tarde en la iglesia parroquial de San Francisco Javier (Pamplona)
Nuestra Señora de la Paz se lo
llevó con Ella.
Nació en Pamplona el 14 de junio de 1935. En 1946 ingresó en el seminario Diocesano de Pamplona y fue ordenado sacerdote el 20 de diciembre de 1958, lo que fue el acontecimiento más grande de su vida.
Durante dos años (1958-1960) amplió sus estudios eclesiásticos en la Universidad Pontificia de Salamanca, obteniendo el grado de licenciado con la máxima calificación.
Fue coadjutor en la localidad de Marcilla (Navarra) de 1960-1965. De 1965 a 1979 fue capellán del Colegio Menor Ruiz de Alda (Pamplona), estimulando en él a los alumnos la recepción de los sacramentos. Mientras tanto, estudió Filología Románica en la Universidad de Navarra, siendo aventajado discípulo del profesor González Ollé, al que tanto admiró.
Alcanzó el mejor expediente académico el Filología Románica de 1964 a 1968, con todo sobresalientes y 16 ellos acompañados de matrículas de Honor. Recibió el premio de fin de carrera en Filosofía y Letras el 14-XI-1969, de manos del jefe de Estado Generalísimo Franco. El 7-III-1969 obtuvo el tradicional Víctor de bronce al mérito profesional. Fue condecorado con la Encomienda de Alfonso X el Sabio por el príncipe don Juan Carlos de Borbón el 23-XII-1969. En diciembre de 1971 alcanzó el sobresaliente en el trabajo de licenciatura con el título "Autos Sacramentales". Se presentó a las oposiciones nacionales al cuerpo de catedráticos de Instituto, obteniendo el numero 1. Como era preceptivo, presentó su memoria metodológica de oposiciones (219 fols.), que conservamos como oro en paño. Su nombre y fotografía apareció en toda la prensa navarra. Todos los corazones nobles se alegraron, sintiendo el interesado que Mons. Tabera no se diese por enterado del éxito académico de quien a la vez era un fecundo sacerdote.
Desde 1968 a 1999, a la vez que ejercía con su sacerdocio, ejerció como profesor de Literatura en el Instituto principal de Pamplona, el Ximénez de Rada. Dos veces formó parte de los tribunales de oposiciones nacionales.
Fue miembro del Consejo Presbiterial de la Diócesis de 1975-1980. Colaboró
activamente en la parroquia de San Francisco Javier de Pamplona, siendo párroco
el inolvidable don José Manuel Pascual Hermoso de Mendoza. Fue canónigo de la S. I. catedral de Pamplona de 1980 a 1993.
Por encima de todo fue sacerdote. Fue un sacerdote fiel al magisterio de siempre de la Iglesia católica, destacándose en el tema de la confesión sacramental, por el que arriesgó toda su vida hasta la incomprensión más total -y persecución- que él vivió en clave de ostracismo y un gran sufrimiento. Corrigió con discreción y firmeza el error magisterial de Mons. Cirarda sobre la absolución colectiva en la parroquia de Santiago de la Chantrea de Pamplona, apoyando a los catequistas. Más de una vez me recomendó el libro de Tissot sobre la vida interior, que dedica buenas páginas a aprender a sufrir. Desarrolló su profunda vocación educativa con jóvenes durante toda su vida, prolongando en ella su afán apostólico sacerdotal y alcanzando una libertad de acción en la diócesis gracias al sueldo del Estado como catedrático.
Fue un sacerdote muy piadoso y activo, honesto, entero
y valiente -no hay otro como él-, prevaleciendo su convicción recta y
congruente con el Magisterio de la Iglesia. Fue devotísimo de la Virgen en la
advocación de Ntra. Sra. del Pilar. Sacerdote fiel a su vocación, promovió la piedad popular
durante muchos años, celebrando el Rosario mensual de la plaza de la Inmaculada
o Aduana, los Rosarios de la Aurora, el 12 de octubre en dicha plaza, el Via Crucis penitencial y la fiesta del
Sagrado Corazón del monte Ezcaba o San Cristóbal, etc. etc.
En tiempos de crisis en la diócesis de Pamplona-Tudela, en la Santa Iglesia y el mundo civil, aceptó ser consiliario, a petición de los seglares y especialmente del que será secretario don Rafael Santesteban Martínez, de la Asociación civil Unión Seglar de San Francisco Javier, fundada algún año antes por laicos. De ella será consiliario, pero también director y alma mater.
Fundó y dirigió el quincenal católico "Siempre P'alante" de 1982 a 2021, alcanzando las 851 revistas en su Iª época, y llegando la IIª época -tras su enfermedad- a 43 números dirigidos por don Pablo Gasco de la Rocha. Esta revista es un ejemplo de pulcritud editorial, y además, el blog amigosdelmonumentodenavarra, tiene mucho que agradecerle por haber dedicado numerosas páginas a defender y decir las verdades del barquero sobre dicho monumento.
Fue director y alma de las Jornadas de la Unidad Católica de España iniciadas en Toledo en 1989 , y prolongadas en Zaragoza hasta alcanzar un total de 34 años este 2025. En dicha revista y jornadas colaboró con él activamente el dr. Don Alberto Ruiz de Galarreta, formando entre ambos un precioso tandem.
De una gran inteligencia, fue amante de la literatura,
la educación y la música, y un gran escritor articulista. Compuso una pieza
sobre la salutación del arcángel Gabriel a una doncella llamada María, y abrió
un concurso y premio de armonización. Persona detallista y generosa, era muy
sensible a las faltas de educación o atención, especialmente por parte de aquellos más
obligados a vivirla por sus obligaciones pastorales. Fue un buen organizador, siempre
alegre, con don de gentes y un gran conversador. Persona muy templada, muy
informado y a pie de obra, conocía muy bien el arte de la retórica y
dialéctica. Muy ordenado, deja un archivo personal de gran calidad.
Como director de la Unión Seglar impulsó romerías y
peregrinaciones. Recordamos la de Javier para recibir a la Virgen de Fátima en
mayo de 1983, a Lourdes para la visita de Juan Pablo II en agosto de 1983, a
Italia en abril de 1984, a Zaragoza para recibir a Juan Pablo II en octubre de
1984, a Covadonga, Santiago de Compostela y Fátima en agosto de 1993, a Ntra.
Sra. de la Salette en Francia en agosto de 1995, al monasterio de Santo Toribio
de Liébana (Cantabria) y Covadonga en diciembre de 1995, a Roma en agosto de
1996, de Manresa al santuario del Tibidabo y al monasterio de Montserrat en
agosto de 1997, a Ntra. Sra. de la Valvanera en agosto de 1998. Casi todos los
viajes fueron en el periodo estival de agosto.
Tuvo muchísimos amigos, entre ellos personas de gran categoría como reflejan las dedicatorias de los muchos libros publicados que guardó en su bien nutrida biblioteca. Se acordó siempre de sus condiscípulos del Seminario, a quienes bien conocía en su dimensión humana, su trayectoria y su piedad cristiana. Era un buen psicólogo y conocedor del alma humana. Consciente de sus cualidades personales y sobre todo de la acción divina, no era envidioso, ni impaciente, ni se comparaba con otros. Sin embargo, también sufrió incomprensiones y algunos abandonos que le hicieron sufrir mucho; nos dijo repetidamente que perdonaba de corazón a todos aquellos con los que tuvo diferencias en nuestros tiempos de crisis. Conoció en profundidad el valor del dolor por agudo que fuera, del sacrificio de quien da todo sin pedir nada a cambio, y los libros de espiritualidad al respecto. En todas sus actividades Dios era el primer y mejor servido. Su alma sacerdotal ayudó a numerosos fieles que le dieron su apoyo y amistad.
Una de sus muchas virtudes fue el aprovechamiento del tiempo, en el ámbito eclesiástico y sacerdotal -el más importante para él- y en el ámbito civil como profesor. Por eso dejaba de lado las tonterías de la vida que enredan, nos hacen estériles y nos impiden colaborar en temas maravillosos.
Su pérdida es muy dolorosa para todos, aunque
toda su vida estuvo preparando este doloroso trance. Por nuestra parte no nos
acostumbraremos a que don José Ignacio esté aparentemente fuera de nuestras vidas, por mucho
que le tengamos espiritualmente presente. Le suplicamos que no se olvide de
nosotros.
Dios le haya acogido en Su seno. Deja en este mundo a muchísimos amigos que le admiraron, le están muy agradecidos, le quieren, y ruegan al Buen Padre por su alma. Si durante cuarenta y cinco años de vida he tenido la gracia de gozar de su amistad, y por ello su ausencia nos parte el alma, lo mismo podrán decir otras muchísimas personas de las que él me hablaba con admiración, cuya lista es larga de citar, y otras que yo no conozco. Pedimos a todos una ferviente oración por su eterno descanso. Entregó su vida por su sacerdocio, a los pies de Santa María y del Corazón de Jesús.
Don José Ignacio Dallo (izda.) con don José Manuel Pascual Hermoso de Mendoza, párroco de San Francisco Javier (Pamplona) y un coadjutor.
Don José Ignacio Dallo, Gil de la Pisa Antolín, Jaime Serrano de Quintana, José Luis Díez Jiménez y Jesús Ortiz Ortín
Mons. Ureña Pastor, arzobispo de Zaragoza, tuvo la amabilidad de celebrar en numerosas ocasiones la Santa Misa de cierre de las Jornadas de la Unidad Católica en San Juan de los Panetes (Zaragoza).
José Fermín Garralda Arizcun
Secretario de la Unión Seglar San Francisco Javier
En Ahora Información, un amigo comenta sobre éste Obituario que hemos reproducido en aquel.
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Extraordinario sacerdote de los auténticos de CRISTO muy cercano al
Carlismo |





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